Mostrando entradas con la etiqueta Desdoblado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desdoblado. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de julio de 2013

Amansa Esta Fiera


Tienes razón: la bestia es feroz y ruge; algo está en mi encendido y es, a veces, incontrolable. Bombea tan fuerte el pensamiento que se me nubla la vista, me vuelvo de piedra e ignoro de largo el olor de la sangre. Puedo masticar la carne del hombre y no devolver por hacerlo. Cegado, insensible, insensible estoy yo. Va tan rápido el análisis que ya no escucho las palabras sino que descifro los movimientos y las intenciones. Me desdoblo más que nunca, y más que nunca me equivoco. ¿Cómo no me habría de volver de hielo, de hierro o de piedra dura? Sin embargo, una inflexión tuya vence la rigidez del alambre y lo tuerce, lo vuelve gótico y artístico, redondo, imaginativo, cuando yo soy el alambre y cuando siento y pienso rígido. Elegir es siempre tan difícil porque toda elección conlleva una pérdida, y elija lo que elija ya he perdido, y supongo que lo peor que pierdo eres tú…

viernes, 15 de marzo de 2013

Los Dos Hombres Clásicos


Cada vez que creo más en mí, el círculo exterior se estrecha simultáneamente: tú no me entiendes, él me odia y a aquel le resulto indiferente. La verdad existe, pero no quiero atraparla, como tampoco quiero hacerla más fácil. Pero lo más triste, después de encontrar algo similar a la luz de la verdad en lo más alto, es que, yo mismo, que hace minutos creía en mí, soy capaz de marearme y transformar cada giro de pensamiento en una náusea. Pero el mismo yo que me está ahogando con un pie en la nuca estando mi cuerpo en el suelo, es el mismo que me está diciendo: ¡Eres increíble! ¡Ves. Estás aprendiendo!

jueves, 23 de agosto de 2012

Deseo Inconsciente

Yo me miraba en el espejo, pero mi reflejo no me miraba a mí. Empecé a dudar de si estaba dormido. Luego dudé si llevaban acento o no las palabras que siempre habían llevado acento. Dudaba de mis propios trazos, hasta que acepté que cada día podía ser un nuevo hombre con una letra diferente, aunque todos ellos se expresaran igual. Me miraba en el espejo y el del espejo, yo, me ignoraba. Escribía algo en un libro de tapas rojas. Me acerqué más al espejo para verme mejor, para ver qué escribía en el cuaderno. Me veía mal, así que decidí llamarme la atención: ¡Pss!, ¡yo! -¡No me molestes!-, me respondí desde el espejo. Así que estuve intrigado con lo que estaba escribiendo, hasta que descubrí lo que era. Ahora no escribía. Estaba repasando con un bolígrafo una marca extraña en el papel. Surcos oscuros e irregulares seguidos de surcos blancos del color del papel. Eran pequeñas marcas, de uno o dos centímetros de alto. Yo las repasaba con el bolígrafo, pero sin llegar a borrarlas, sin apretar, sin dejar escapar la tinta. La extraña marca era un beso de café en el papel…