Paralelas y verticales, sin aire. No hicieron las calles
para los viajeros nerviosos o inquietos o preocupados. Aún es peor en las
ciudades grandes. Me pierdo en la geometría mudéjar, aunque intento soportarla
en las esquinas tranquilas, con poca luz, pequeñas y con película del oeste. Me
canso de dar vueltas cuando ya lo conozco en su mayoría, pero me sorprendo
absorbiéndolo todo, cada recodo, cada portal colorido, cada rostro, sobre todo
cuando sé que puedo retomarlo en el futuro. Y sigo escribiendo, tal vez, nada
más, por su efecto analgésico, ansiolítico, con sus metáforas paralelas y
verticales, como las calles de este pueblo pequeño, que me vencen en el tiempo,
en el peso, en la presencia. Yo, café erguido, loco y creando neologismos, sigo
caminando perdido buscando un piso quieto y antiguo donde poder generar mi
agujero negro.
Es el mundo de un loco, es lo que yo quiero que sea (o lo que quisiera), lo que quiera que sea yo.
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martes, 14 de mayo de 2013
lunes, 21 de enero de 2013
Consejos Para Antes De Una Guerra
Aquí estoy, solo, afilando y engrasando mis herramientas,
junto a dos de mis personas, las más frecuentes, las despiertas, ensayando para
mañana. Pongo al día y someto a esfuerzo a la cantimplora, al puñal, al
bolígrafo, al cuerpo: la temperatura, la sed, el hambre, los nervios. Pongo algunas
cosas boca abajo para comprobar si pierden, y algunas fallan, como yo, pues me
faltan creencia, fuerzas y ganas. Necesito mucho tiempo, más que todas las
cosas, pues soy miles de mecanismos demasiado complejos funcionando en una
misma máquina. Pero lo tengo: tengo el tiempo y la paciencia. Si hay que
escuchar, me paro y escucho: la respiración, el latir, el pensamiento, o el
viento en la puerta y la puerta contra la baldosa. También el estómago bajo el
esternón habla: es momento de darle trabajo, de criticarlo después y de pensar
en algo para mejorarlo mañana. Todo debe de estar a punto para que, ante una
derrota, pueda llegar hasta casa y no caer muerto. Nunca se está exacto con los
pies fríos, nunca con los calcetines de cuatro horas de camino, así que hay que
ir cambiándolos cada cierto tiempo por unos limpios. Momentos antes de la
guerra no deben quedar sabores en la boca, como dulce o salado, para que ningún
recuerdo empañe cualquier sabor del real presente, ni aire en el estómago. El
agua en su justa medida, para que la vejiga no engorde y que la boca se mueva
libre, y poca fruta para que el sueño no venza al brío y para que el cuerpo no
tiemble. El cerebro y la mente son dos cosas muy diferentes.
lunes, 13 de agosto de 2012
Los Dosmiles
Los robots de mi generación
somos de lo supuestamente mejor del momento. Podemos hacer operaciones matemáticas
y leer, doblar la ropa e incluso cocinar. Las nuevas generaciones son menos teóricas
y más prácticas, mientras que nuestros ancestros chirriaban y tenían semividas
más cortas. Nosotros poseemos unas calidades vitales de las que ya las nuevas
generaciones de robots se han visto desprovistas, como que todavía esperamos o
recordamos tiempos buenos. Nosotros somos máquinas de comunicación rápida,
veloces y ágiles, engrasados con el mejor lubricante. Tenemos tanto que no nos
cuesta ceder algo. Podemos sonreír, bailar, conducir y movernos alucinantes
hasta el amanecer. No tenemos hambre y prácticamente no necesitamos beber:
estamos repletos desde hoy hasta el año siguiente. En cualquier lugar
encontramos la energía necesaria y el frío, y el calor en las mantas, bajo las
farolas o en las luces de la ciudad que nunca descansa. Descansamos por placer
y sufrimos sin sufrir por continuar el hilo. Somos los Dosmiles, mejores que nuestros antecesores que chirriaban, mejores
que nuestros sucesores que les faltan conexiones…
viernes, 20 de julio de 2012
El Poder De Imaginarte
Antes de insuflarme la vida, me dejó escrito en cuatro letras de ácido
el siguiente mensaje: “Saca de donde no existe”. No es una cuestión de quererlo
o de buscarlo, sino de cumplirlo. A veces pierdo el norte y yo ya no soy yo,
aunque a veces me contemplo desdoblado y me encuentro disfrutando del juego de
imaginar, de metaforizar, de creer que todo es posible, en mi máxima
naturalidad de ser simple. Todo el estruendo de cien años de vida, toda la
vibración agitada, la espuma de cientos de olas restallantes sobre la piedra y
la arena, la suma de todas las palabras ardientes posibles en un solo segundo,
en un solo pensamiento efímero de deseo. Podía atraparla desde lejos con cada
uno de los microscópicos agujeros invisibles de los sentidos, allí, bajo la
palmera negra de espigadas y largas palmas punzantes, cobijado, cabizbajo y
quieto. No podía moverme, no debía moverme, porque al movimiento todo el sueño
imaginativo comenzaba a ondular y a desvanecerse, tan sólo el ínfimo movimiento
incluso la respiración eran posibles, y no quería perderlo. A través del olfato
percibía agua de lluvia, arena de playa, el sol en la piel de tres cuartos,
manzanilla mentalizada, desde el talón en el suelo hasta el fruto con vello más
alto. En la lengua lo olido, donde podía saborear lo mismo pero con matices
cambiados. Pero si movía las manos para tocar todo amenazaba ondulante y
vaporoso con marchar. No quería, no podía. Y siempre cierro los ojos para no
engañarme, para ver con el sueño de mi imaginación, con los ojos de mi verdad, porque
cuando los abro a la realidad no veo nada más que humanas nimiedades escurridizas
que anhelan siempre lo que tienen pero que no quieren conservar.
viernes, 8 de junio de 2012
El Milagro
No lo creía posible. Muchas personas habían sido las que
decían haberlo visto, vivido o sentido, pero sus afirmaciones carecían de total
credibilidad para mí. Nunca se sabe con exactitud hasta dónde puede imaginar un
cerebro o qué es capaz de generar. Yo me negaba a creerlo o lo creía imposible.
Hasta que un día, aunque más bien una noche, oscuro donde todo es posible, salí
a mi pequeña terraza, encendí el tabaco y dejé a mis pensamientos a sus anchas,
así como les gusta estar. Fue poco después de salir al aire descubierto, fuera
de casa, cuando se conjuró el milagro. Un fogonazo de luz verde, neblinosa, con
forma de seta gigante, como la onda expansiva de una gran deflagración, que
duró tan sólo un segundo. Esta historia es una comparación. Aunque todo es
posible, así de imposible encuentro yo la de verdad.
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