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domingo, 4 de agosto de 2013

Tristemente Enamorados


El rumor del pueblo, las campanas de la muerte, los niños que me hacen más viejo y mi jodida enfermedad. No recibo lo que espero porque encuentro más de lo que existe: sueño y me miento. Soy buena persona y quizás no deba más que ser en tantos momentos. Espero porque quiero, porque necesito, porque siento. Y el amor rojo se convierte en bilis negra si no lo expulso; y quizás mañana alguien lo entienda. El delirio por la soledad, yo lo huelo, amigo, y me apiado, pero lucho (por ambos): apagando la tele, regalando mi alma a cualquiera que pasa y me pregunta, saliendo a caminar, llorando el miedo, sufriendo, tan mejor que no hacer nada. Se trata de aceptar que estamos muriendo, pero que hasta el último de los dí­as quedan caminatas por carreteras oscuras, caminar de chanclas y pies femeninos, cervezas y canciones, aprendizajes, cenas, filosofía, vida a fin de cuentas. La vida es un camino hacia la muerte, pero podemos vivir muertos o equivocarnos y vivir medio despiertos, medio felices y algunos dí­as, espero que pocos, tristemente enamorados.

martes, 13 de noviembre de 2012

El Que Mueve Los Hilos

Cada estructura tiene su propia personalidad porque yo le ofrezco una vida, como a mi olvidada agenda roja, tan complicada, tan seria, de la que me acuerdo una vez al mes. También es cierto que durante cortos períodos de tiempo tenemos unos seguidos momentos de placer profundo. O como el bolígrafo, cubierto de pelos de tabaco en el fondo del saco; hoy con un rostro y mañana con otro, pero siempre activo a horas locas, a deshora, acostumbrado a trabajar con los ojos hinchados de sueño. Y también el cuerpo, títere como de madera pero de carne, cables, vasos y hueso, tiende a vivir como yo le digo, el creador: José Luis. Es complicado mover el cuerpo siempre con el mismo gesto, con la misma esencia, así: ni demasiado hombre, ni demasiado mujer, y me muevo, más allá de mis órdenes, como mis ancestros, pues yo soy ellos y ellos como sus ancestros. Me pregunto así, cuál era el loco de mis más viejos, el que adoraba el calor del fuego con el cuerpo y con el cerebro, o el que mezclaba todo lo mismo para obtener uno distinto. Todo tiene vida, hasta que yo, el creador, dios, decido caer en el sueño para que lo muerto se apague.