Permíteme que,
de nuevo, vuelva a ser frío, que me quede quieto, que ascienda hasta arriba
para verlo todo parado, como mío, que nos vea juntos, que nos experimente, para
sentir que, por otra vez, fui humano. Déjame ser de bronce para que envidie mis
manos cuando me tocas, porque me las vuelves de cera blanda de pintura. Déjame
intentarlo y decirlo y que me equivoque, porque, como el sabio dice, no hay
palabras para describirlo. Envidio. Envidio tus pasos porque no son míos, y tus
calcetines de colores, tus labios que rielan, que me rielan el cuerpo mío de
mentira, que se esfuma, que me tira, que me deja. Permíteme, esperanza, anhelo,
sueño, que odie tu larga vida por quedarte despierta mientras yo caigo rendido,
por dormir con la paz del niño, por besarme con los ojos perfectos, por oler,
por abrazarme con otras partes que no sean los brazos, por abrazarme
desde la distancia. Déjame que te sienta como nadie, como el más ladrón de los
ladrones, déjame que te robe hasta el alma, que te aspire, para ser por una vez
lo que nunca pude. Nos envidio, desde allí arriba, tan cogidos, cogiendo,
rezando oraciones a un dios nuestro, sólo nuestro, sólo tuyo, por vernos sudar
la risa como jamás nadie supo. Ahora, cada segundo que respiro mi pobreza,
sonrío como el dios que soy a través de tu cuerpo; ahora, que me repito más que
el loco empeñado en bucle, permíteme que me equivoque y que sea como todo aquel
que envidio, aparentemente feliz, profundamente satisfecho y seguro; también yo
alcancé mi norte al sentir en mi garganta tu aliento, que ahora ya es el mío. Y
ya se me acaban las palabras, que tampoco soy infinito, ni estudiado, ni leído,
ya sabes, más bien un ratico de cada eternidad. Y regálame tu eternidad para
hacer de este paso de mis años algo más que un simple paso por haberte tenido
un poquito...
Es el mundo de un loco, es lo que yo quiero que sea (o lo que quisiera), lo que quiera que sea yo.
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jueves, 28 de mayo de 2015
miércoles, 4 de marzo de 2015
El Solitario
Me equivoqué tanto que nunca antes me
había parado a reconocerlo; y hoy, con todo el tiempo de por medio, me he
atrevido a contarlo. Me equivoqué tanto que me lancé despedido de allí a otra
calle, de esa otra a otra; de esa ciudad a otra y a otra, y nunca me atreví a
volver. Pensé mucho en mis errores y sólo en los míos, de eso no tuve ninguna
vergüenza. Es extraño mi mundo, impugnitivo, aunque no menos extraño que el de
otros. Caí preso de lo absurdo de una pasión, y hoy me arrepiento viéndolo
desde lejos. Y mantengo otras no menos dañinas y absurdas. Dejé de ser yo, con
mi propia razón perversa, mi seriedad, mis palabras finas como dagas, mi
artesanía. Lo veo desde lejos y temo y pienso en ellos viéndome como un pirado,
ardiente visionario de diamantes en el barro. Y aunque me hace más humano
desearía no haberme equivocado, dejando tantos huecos, tantos flecos, tanto
silencio. Como tantas otras veces, salí perdiendo, tengo dudas de si aprendí
algo, y ahora veo a mis contrarios viajando, juntos, sonriendo, como los ve
siempre el solitario.
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