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jueves, 28 de mayo de 2015

Una Vida Por Un Segundo

Permíteme que, de nuevo, vuelva a ser frío, que me quede quieto, que ascienda hasta arriba para verlo todo parado, como mío, que nos vea juntos, que nos experimente, para sentir que, por otra vez, fui humano. Déjame ser de bronce para que envidie mis manos cuando me tocas, porque me las vuelves de cera blanda de pintura. Déjame intentarlo y decirlo y que me equivoque, porque, como el sabio dice, no hay palabras para describirlo. Envidio. Envidio tus pasos porque no son míos, y tus calcetines de colores, tus labios que rielan, que me rielan el cuerpo mío de mentira, que se esfuma, que me tira, que me deja. Permíteme, esperanza, anhelo, sueño, que odie tu larga vida por quedarte despierta mientras yo caigo rendido, por dormir con la paz del niño, por besarme con los ojos perfectos, por oler, por abrazarme con otras partes que no sean los  brazos, por abrazarme desde la distancia. Déjame que te sienta como nadie, como el más ladrón de los ladrones, déjame que te robe hasta el alma, que te aspire, para ser por una vez lo que nunca pude. Nos envidio, desde allí arriba, tan cogidos, cogiendo, rezando oraciones a un dios nuestro, sólo nuestro, sólo tuyo, por vernos sudar la risa como jamás nadie supo. Ahora, cada segundo que respiro mi pobreza, sonrío como el dios que soy a través de tu cuerpo; ahora, que me repito más que el loco empeñado en bucle, permíteme que me equivoque y que sea como todo aquel que envidio, aparentemente feliz, profundamente satisfecho y seguro; también yo alcancé mi norte al sentir en mi garganta tu aliento, que ahora ya es el mío. Y ya se me acaban las palabras, que tampoco soy infinito, ni estudiado, ni leído, ya sabes, más bien un ratico de cada eternidad. Y regálame tu eternidad para hacer de este paso de mis años algo más que un simple paso por haberte tenido un poquito...

miércoles, 4 de marzo de 2015

El Solitario

Me equivoqué tanto que nunca antes me había parado a reconocerlo; y hoy, con todo el tiempo de por medio, me he atrevido a contarlo. Me equivoqué tanto que me lancé despedido de allí a otra calle, de esa otra a otra; de esa ciudad a otra y a otra, y nunca me atreví a volver. Pensé mucho en mis errores y sólo en los míos, de eso no tuve ninguna vergüenza. Es extraño mi mundo, impugnitivo, aunque no menos extraño que el de otros. Caí preso de lo absurdo de una pasión, y hoy me arrepiento viéndolo desde lejos. Y mantengo otras no menos dañinas y absurdas. Dejé de ser yo, con mi propia razón perversa, mi seriedad, mis palabras finas como dagas, mi artesanía. Lo veo desde lejos y temo y pienso en ellos viéndome como un pirado, ardiente visionario de diamantes en el barro. Y aunque me hace más humano desearía no haberme equivocado, dejando tantos huecos, tantos flecos, tanto silencio. Como tantas otras veces, salí perdiendo, tengo dudas de si aprendí algo, y ahora veo a mis contrarios viajando, juntos, sonriendo, como los ve siempre el solitario.