Permíteme que,
de nuevo, vuelva a ser frío, que me quede quieto, que ascienda hasta arriba
para verlo todo parado, como mío, que nos vea juntos, que nos experimente, para
sentir que, por otra vez, fui humano. Déjame ser de bronce para que envidie mis
manos cuando me tocas, porque me las vuelves de cera blanda de pintura. Déjame
intentarlo y decirlo y que me equivoque, porque, como el sabio dice, no hay
palabras para describirlo. Envidio. Envidio tus pasos porque no son míos, y tus
calcetines de colores, tus labios que rielan, que me rielan el cuerpo mío de
mentira, que se esfuma, que me tira, que me deja. Permíteme, esperanza, anhelo,
sueño, que odie tu larga vida por quedarte despierta mientras yo caigo rendido,
por dormir con la paz del niño, por besarme con los ojos perfectos, por oler,
por abrazarme con otras partes que no sean los brazos, por abrazarme
desde la distancia. Déjame que te sienta como nadie, como el más ladrón de los
ladrones, déjame que te robe hasta el alma, que te aspire, para ser por una vez
lo que nunca pude. Nos envidio, desde allí arriba, tan cogidos, cogiendo,
rezando oraciones a un dios nuestro, sólo nuestro, sólo tuyo, por vernos sudar
la risa como jamás nadie supo. Ahora, cada segundo que respiro mi pobreza,
sonrío como el dios que soy a través de tu cuerpo; ahora, que me repito más que
el loco empeñado en bucle, permíteme que me equivoque y que sea como todo aquel
que envidio, aparentemente feliz, profundamente satisfecho y seguro; también yo
alcancé mi norte al sentir en mi garganta tu aliento, que ahora ya es el mío. Y
ya se me acaban las palabras, que tampoco soy infinito, ni estudiado, ni leído,
ya sabes, más bien un ratico de cada eternidad. Y regálame tu eternidad para
hacer de este paso de mis años algo más que un simple paso por haberte tenido
un poquito...
Es el mundo de un loco, es lo que yo quiero que sea (o lo que quisiera), lo que quiera que sea yo.
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jueves, 28 de mayo de 2015
jueves, 20 de noviembre de 2014
Y El Muerto Respira
Me han echado del grupo de
fumadores; ya no me aceptan [...] Y rechazo cualquier postura; estoy inquieto
porque quiero decir que no hacen falta grandes disertaciones, sino profundas
historias dichas con escuetas y precisas palabras. Luego pienso que hay mucho
que decir cuando empiezo a escucharme, y me suelto, y fumo, porque así suben
pulsos al cerebro, los que nadie ve pero los que todos sienten. Yo los escribo
del mismo modo que lamo tus senos y sólo a mí a pan me saben: jardín de
sabores. Y luego escribo porque pienso en las grandes figuras escritoras y se
me caen los anteojos al suelo, por torpes manos las mías que tiemblan, como la
voz, como el pensamiento cuando recuerdo a las grandes figuras del texto. El
silencio es de nuevo el arte, rápido, como el buen sexo, infantil, de llanto,
eterno, de risa fácil y sincera oculta tras el gesto moderno, elocuente,
estudiado. Paz. [...] No causa la oscuridad en el adulto miedo, sino
desconocimiento y derrota por pensar que queda poca vista; pero es por eso que
el adulto ve poco: porque no quiere ver que aún sigue teniendo miedo. Miedo a
crecer y a no ver lo poco que hay en todo y que en cada momento algo se
convierte en todo aunque mañana sea pequeño. Amor, claro, no me gusta cazar
mariposas cuando su fin es vivir su máximo albedrío. Y de repente, cuando las
cosas vuelven a tener sentido, se me pronuncia una voz ronca dentro que me
espeluzna y me hace callar.
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